La teoría del triaje: por qué las carencias leves pasan factura

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La teoría del triaje: por qué las carencias leves pasan factura

La teoría del triaje: por qué las carencias leves pasan factura

Introducción

Las recomendaciones diarias de vitaminas y minerales que aparecen en las etiquetas tienen un origen concreto y una finalidad específica que casi nadie conoce: se fijaron para evitar enfermedades carenciales agudas. Suficiente vitamina C para que no haya escorbuto, suficiente vitamina D para que no haya raquitismo, suficiente B1 para que no haya beriberi.

Son umbrales de supervivencia, no de optimización. Y eso plantea una pregunta que el bioquímico Bruce Ames, de la Universidad de California en Berkeley, formuló de manera especialmente clara en 2006:

¿Qué ocurre en la zona intermedia? Es decir, ¿qué le pasa a alguien que toma suficiente de un nutriente para no enfermar de forma aguda, pero menos de lo que su organismo usaría si lo tuviera disponible?

La carencia grave se ve. La carencia leve no produce síntomas: produce facturas que llegan décadas después.

La hipótesis del triaje

Ames propuso una explicación elegante. La selección natural optimizó nuestra biología para la supervivencia y la reproducción a corto plazo, porque eso es lo que se transmite. No optimizó nada para la salud a los setenta años.

En consecuencia, cuando un micronutriente escasea moderadamente, el organismo no reparte la escasez de forma uniforme. Hace triaje, como en un hospital de campaña: asigna el recurso limitado a las funciones críticas para la supervivencia inmediata y desatiende las que solo importan a largo plazo.

Las funciones que se priorizan:

  • Coagulación sanguínea.
  • Producción de energía celular.
  • Respuesta inmunitaria aguda.
  • Todo lo necesario para que el organismo llegue a reproducirse.

Las funciones que se sacrifican:

  • Reparación del ADN.
  • Defensa antioxidante.
  • Mantenimiento de las mitocondrias.
  • Funciones asociadas con la prevención del cáncer, la enfermedad cardiovascular y la neurodegeneración.

El resultado sería una acumulación silenciosa de daño que no produce ningún síntoma y que se manifiesta como enfermedad crónica muchos años después.

Un ejemplo concreto: la vitamina K

Ames y sus colaboradores usaron la vitamina K como caso de estudio, porque permite ver el mecanismo con nitidez.

La vitamina K activa proteínas de coagulación en el hígado y también proteínas como la osteocalcina y la MGP, relacionadas con el hueso y con la prevención de la calcificación arterial.

Cuando la vitamina K escasea moderadamente, las proteínas de coagulación se mantienen activadas y las otras no. El organismo protege la función que evita morir desangrado y descuida la que evita que las arterias se calcifiquen en treinta años.

Es exactamente el patrón que predice la hipótesis, y se ha documentado de forma similar con el selenio.

El estado de la hipótesis

Hay que decirlo con claridad: la teoría del triaje es una hipótesis con respaldo mecanístico parcial, no un hecho establecido.

A favor: tiene sentido evolutivo, el mecanismo se ha verificado para vitamina K y selenio, y encaja con lo que se observa en varias carencias marginales.

En contra o pendiente: demostrar que una carencia leve de un nutriente causa una enfermedad concreta décadas después es extremadamente difícil. Requeriría ensayos de duración imposible. Y los estudios de suplementación con micronutrientes en población general han dado, en su mayoría, resultados decepcionantes.

Ese último punto merece énfasis, porque es donde la idea suele deformarse: la hipótesis del triaje no es un argumento a favor de tomar multivitamínicos. Los grandes ensayos con suplementos vitamínicos en personas sin déficit no han mostrado reducción de mortalidad ni de enfermedad cardiovascular, y algunos —betacaroteno en fumadores, vitamina E en dosis altas— mostraron daño.

Lo que la hipótesis sugiere es otra cosa: que conviene cubrir el espectro completo de micronutrientes, y que la vía para hacerlo es la densidad nutricional de la comida.

Las carencias marginales más frecuentes

En estudios poblacionales, los nutrientes con ingestas por debajo de lo recomendable con más frecuencia son bastante consistentes:

Magnesio. Participa en cientos de reacciones enzimáticas. Su ingesta media está por debajo de lo recomendado en buena parte de la población.

Vitamina D. El déficit es muy prevalente, especialmente en invierno, en latitudes altas, en personas de piel más oscura y en quienes pasan el día en interiores.

Potasio. Prácticamente nadie alcanza las cifras recomendadas, porque requieren un consumo alto de vegetales.

Fibra. No es un micronutriente, pero el déficit es casi universal.

Omega-3 EPA y DHA, en quienes no comen pescado.

Hierro, en mujeres en edad fértil.

Yodo, en quienes no consumen pescado, lácteos ni sal yodada.

Zinc y selenio, en dietas de baja variedad.

Colina, en dietas sin huevos.

Folato, en dietas bajas en legumbres y verduras de hoja.

La estrategia: densidad, no suplementos

Si el objetivo es cubrir el espectro completo, la vía más eficiente es comer alimentos con alta concentración de micronutrientes por caloría.

Hígado, una o dos veces al mes. El alimento más denso que existe en micronutrientes: hierro hemo, vitamina A preformada, B12, cobre, folato. Con una advertencia: su contenido de vitamina A es tan alto que conviene no excederse, y está desaconsejado en el embarazo.

Mariscos. Ostras, choritos, almejas. Zinc, hierro, B12, selenio, yodo. Los choritos son especialmente baratos en Chile y nutricionalmente extraordinarios.

Huevos enteros. Colina, luteína, B12, proteína completa. La yema es donde está casi todo.

Pescado graso pequeño. Omega-3, vitamina D, selenio, yodo, calcio con espina.

Verduras de hoja verde. Folato, magnesio, potasio, vitamina K1.

Legumbres. Folato, hierro, magnesio, potasio, fibra.

Frutos secos y semillas. Magnesio, zinc, vitamina E, selenio —dos nueces de Brasil cubren el selenio del día, y más de tres o cuatro ya es excesivo—.

Crucíferas. Glucosinolatos, vitamina C, folato.

El papel legítimo de la suplementación

No es cero, pero es acotado:

  • Vitamina B12 en dietas sin productos animales: obligatoria.
  • Vitamina D con déficit documentado.
  • Hierro con ferritina baja, siempre bajo indicación.
  • Ácido fólico en el embarazo y en quien lo busca.
  • Yodo en el embarazo, según las recomendaciones locales.
  • Omega-3 de microalgas en dietas sin pescado.

Todo lo demás, con muy pocas excepciones, tiene mejor respaldo por la vía alimentaria. Y la regla general es: suplementar lo que falta, medido, no lo que uno supone.

Errores frecuentes

Tomar un multivitamínico y considerar cubierto el asunto. Los estudios no apoyan ese enfoque, y suele funcionar como permiso para descuidar la dieta.

Comer poco y variado a la vez. Con ingestas muy bajas es matemáticamente difícil cubrir el espectro. La restricción calórica severa es, por definición, restricción de micronutrientes.

Repetir siempre los mismos cinco alimentos. La variedad es el mecanismo principal de cobertura.

Suplementar en dosis altas por si acaso. Varios micronutrientes tienen ventana estrecha: selenio, vitamina A, hierro, zinc. Más no es mejor.

Ignorar que los exámenes de sangre existen. Medir antes de suplementar es barato y evita tanto el déficit como el exceso.

Reflexión final

La idea de Ames es valiosa aunque no esté demostrada del todo, porque reformula la pregunta correcta. No se trata de evitar el escorbuto: se trata de darle al organismo todo lo que usaría si lo tuviera.

Y la conclusión práctica es notablemente poco sofisticada: come variado y come denso. La acción concreta para esta semana: añade dos alimentos de alta densidad micronutricional a tu semana —una porción de choritos o de pescado pequeño, y huevos enteros a diario—. Es más eficaz, más barato y más agradable que cualquier frasco.

Referencias

  • Ames, B. N. (2006). Low micronutrient intake may accelerate the degenerative diseases of aging through allocation of scarce micronutrients by triage. Proceedings of the National Academy of Sciences, 103(47), 17589-17594.
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