Sufrimiento = dolor × resistencia: aceptar en vez de luchar

Inteligencia Emocional

Sufrimiento = dolor × resistencia: aceptar en vez de luchar

Sufrimiento = Dolor × Resistencia: Aceptar en Vez de Luchar

Introducción

El dolor forma parte de la vida: enfermamos, perdemos, fracasamos, nos rompen el corazón. Es inevitable. Pero hay una diferencia enorme entre el dolor que la vida nos trae y el sufrimiento que nosotros añadimos encima, luchando contra ese dolor, rechazándolo, deseando que no fuera así. Esa segunda capa, la que sí depende de nosotros, es la que muchas veces convierte una dificultad en un tormento.

Una vieja idea, presente en el budismo y en el estoicismo, lo resume en una especie de fórmula: el sufrimiento es igual al dolor multiplicado por la resistencia. Este artículo explica qué significa y cómo aplicarla.

Dolor y sufrimiento no son lo mismo

El dolor es la sensación desagradable, física o emocional, que la realidad nos provoca. El sufrimiento es lo que le añadimos con la mente: el "esto no debería estar pasando", el "por qué a mí", el darle vueltas, el rechazo, el miedo a que dure para siempre.

Un ejemplo sencillo: dos personas sienten el mismo dolor físico. Una lo acepta, respira y sigue; la otra se tensa, se angustia, se pelea con él. La segunda sufre mucho más, no porque el dolor sea mayor, sino porque le suma resistencia. La sensación es parecida; el sufrimiento, muy distinto.

La resistencia amplifica el dolor

Cuando algo nos duele, la reacción instintiva es resistirnos: tensarnos, evitar, negar, desear que desaparezca ya. Y esa resistencia, paradójicamente, casi siempre agranda el malestar:

  • Tensarse ante el dolor lo intensifica. En el dolor físico se ve claro: la tensión muscular y el miedo amplifican la señal dolorosa. En el emocional pasa igual: pelear contra la tristeza o la ansiedad las alimenta.
  • Rechazar la realidad no la cambia, solo te desgasta. Empeñarse en que las cosas "deberían ser de otra manera" no altera lo que es; solo añade rabia e impotencia a lo que ya duele.
  • Darle vueltas mantiene vivo el dolor. La rumiación —repasar una y otra vez lo que nos hiere— impide que la emoción siga su curso natural y se disuelva.

Si el dolor es cero, no hay sufrimiento por mucho que te resistas. Pero cuando hay dolor, cuanto mayor es la resistencia, mayor el sufrimiento. Reducir la resistencia es lo único que sí está en tu mano.

Aceptar no es resignarse

Aquí surge el gran malentendido. Aceptar el dolor no significa rendirse, conformarse ni fingir que no importa. Significa dejar de gastar energía peleando contra lo que ya es, para poder responder con lucidez.

La aceptación es el punto de partida de cualquier cambio: solo cuando dejas de negar un problema puedes hacer algo con él. Aceptar que sientes miedo te permite actuar a pesar de él; aceptar una pérdida te permite empezar a elaborarla; aceptar una molestia física te permite relajarte en lugar de tensarte. Es lo contrario de la pasividad: es soltar la lucha inútil para dedicar la fuerza a lo que sí sirve.

Cómo aplicarlo

1. Distingue las dos capas. Ante un malestar, pregúntate: ¿cuánto es el dolor real y cuánto es lo que estoy añadiendo con mi resistencia (el "no debería", las vueltas, el miedo al futuro)? 2. Permite la emoción sin pelear. Deja que la tristeza, el miedo o la molestia estén ahí unos momentos, obsérvalos con curiosidad en lugar de intentar expulsarlos. Casi siempre pierden intensidad solos. 3. Suelta el "debería". Cambia "esto no debería pasarme" por "esto está pasando, ¿qué puedo hacer ahora?". Aceptar lo que es libera la energía que consumía la rebeldía. 4. Respira y afloja el cuerpo. Relajar la tensión física —empezando por la respiración— reduce directamente la resistencia, y con ella el sufrimiento. 5. Actúa sobre lo que depende de ti. Aceptar el dolor no es quedarse quieto: una vez soltada la lucha estéril, dedica tu esfuerzo a lo que sí puedes cambiar.

Conclusión

No podemos elegir no sentir dolor —es el precio de estar vivos—, pero sí podemos elegir cuánto sufrimiento le añadimos. Buena parte de nuestro tormento no viene de lo que nos pasa, sino de nuestra pelea contra ello: la resistencia, el rechazo, el darle vueltas. Aprender a aceptar —que no es resignarse, sino dejar de luchar contra lo inevitable para actuar sobre lo posible— es una de las claves más profundas del bienestar. El dolor, a veces, es inevitable; el sufrimiento, en gran medida, es opcional.

Referencias

  • Harris, R. (2008). The Happiness Trap. Trumpeter. (Terapia de aceptación y compromiso.)
  • Kabat-Zinn, J. (1990). Full Catastrophe Living. Delacorte.
  • Epicteto. Enquiridión (Manual).
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